Frente a todos los avances de las nuevas tecnologías, como el satélite e Internet, el público sigue fiel a su receptor en la Argentina y en el mundo. Tanto la AM como la FM se disputan las porciones de la audiencia. En el país, el medio se oxigenó con la irrupción de un aluvión de nuevas voces ante una legislación de tiempos de la dictadura. El caso de la onda corta que se resiste a morir, junto a sus entusiastas radioescuchas en el planeta.
Por Claudio Morales
En el siglo
veintiuno la radio sigue tan vigente como sucedió a lo largo de los ochenta
años de la anterior centuria. Tanta vigencia como en sus primeros días por la
década de los años veinte, con una popularidad tan en alza como en los dorados
cincuenta de los radioteatros o en los explosivos setenta de un mundo que
soñaba con ideales y utopías de un cambio solidario con una radiodifusión que
exploraba el género del periodismo informativo desde la AM mientras corría con
bravura la exótica FM.
La
radio entraba en los hogares con una presencia arrolladora de un medio que
hacía punta frente a la TV y a la prensa escrita. Iniciado el tercer milenio,
este medio de modulación sonora pudo reponerse ante el avasallante accionar de
la TV abierta y de la televisión por cable. Ante el paradigma de las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación (TIC´s) como pensamiento
dominante en el planeta globalizado, la radio pudo sobrevivir al cambio
adaptándose a los nuevos tiempos con la incorporación del satélite, la red
Internet y la telefonía celular a la práctica periodística cotidiana.
Así,
antiguos modos de transmisión analógicos como la onda corta recibieron la
certificación de muerte anunciada frente a la emisión sonora digitalizada. Sólo
algunas prácticas digitales, como Radio Digital Mundial, parecieron abrigar
esperanzas de mantener una onda corta que muy pocos estarían en condiciones de
subvencionar en un mundo cada vez más inclinado al entramado de la red de redes
como es Internet.
Pero,
más allá de los cambios y de las novedades en el espacio radiofónico, entre los
últimos años de los setenta y la perdida década de los ochenta para las
naciones del Tercer Mundo, se dio en la Argentina y en todo el mundo una
curiosa explosión de emisoras de radio en el éter de la FM -fundamentalmente-,
y en menor medida en la onda media, ante
la carencia de medios sonoros o ante la insatisfacción con los ya
existentes. Según la denominación de “libres” o “clandestinas” se instaló en cada
población la necesidad de poseer su propia voz local. Y a partir de ahí estas
nuevas radios se enfrentaron a sanciones legales desde el Estado y a la presión
del poderoso medio empresarial que salió a disputarle palmo a palmo un lugar en
el dial.
Los
noventa mostraron a la radio en un soporte impensado como extraño, la difusión
sonora desde las redes de computación. Extraño para muchos, exótico para otros.
Absurdo para los más conservadores. Pero, lo cierto es que la radio aceptó el
reto de la oleada informática para atraer nuevos oyentes a un medio que no
rechazó el convite del tremendo impacto de la tecnología digital. En lugar de
quedarse detenida en el tiempo y en el espacio, la radiodifusión sonora cambió
sus propias reglas, las que se fueron diseñando a lo largo de una riquísima historia.
De la escucha desde un receptor de radio a la captación de las ondas hertzianas
a través de una computadora personal o desde una poderosa “notebook”
(portátil). Inverosímil pero real.
La
radio afrontó el desafío y ganó un espacio impensado. Se acortaron las
distancias en un proceso de comunicación que ni el mismísimo Marshall Mac Luhan
lo hubiera soñado. Cuando escribió sus ideas relativas a la aldea global pocos
creyeron en la expansión de este medio radial. La instalación de Internet en el
complejo mundo de fin de milenio encontró a la radio posicionada para asumir el
reto, cada vez que un cibernauta navegara por la red se podría escuchar una
emisión de radio en vivo. ¿Quién se hubiera imaginado esto varios decenios
atrás? Sencillamente se lo habría tildado de demente.
La onda corta: a pesar de los cambios resiste con nuevos bríos
¿Qué
pasó con la onda corta a esta altura del 2004? Evidentemente continuó con su
marcha declinante marcada por la salida de nuevos servicios radiofónicos
internacionales como por el probable cese de actividades de estaciones de radio
con servicios a ultramar, en virtud de dos temibles competidores que dejaron a
las ondas cortas en una severa desventaja ante el satélite e Internet. Aunque,
el vetusto sistema de emisión a distancias considerables todavía goza de cierta
salud. La suficiente como para que los radioescuchas y los fanáticos cazadores
de radioemisoras de todo el planeta conocidos como “diexistas” continúen junto
a sus aparatos de radiorecepción.
Hoy,
al igual que en 1920, el ruido y los sonidos espúreos invaden el dial de las
ondas cortas transformando la escucha de un programa de radio emitido a miles
de kilómetros de distancia en una suerte de “tortura” para los oídos de
cualquier ser humano. Sin embargo, como sucediera el 27 de agosto de 1920,
cuando jóvenes entusiastas -Luis F. Romero Carranza, César José Guerricó,
Miguel Mujica y Enrique Susini- iniciaran una experiencia de transmisión desde
el Teatro Coliseo, en la ciudad de Buenos Aires, con la difusión de la ópera
Parsifal. Bajo las siglas LOR Radio Argentina, Enrique Susini abría la emisión
con las siguientes palabras: “Señoras y señores: la Sociedad Radio Argentina
les presenta hoy el festival sacro de Richard Wagner, Parsifal…” Era el
comienzo de un medio que transformaría a la humanidad de las primeras décadas
del siglo veinte.
Muy
pocos creyeron en la suerte de la radio, el ruido y las interferencias no
auguraban la mejor de las fortunas. Tal vez como en la actualidad, cuando la
vieja onda corta sobrevive en un mar de ruidos. En ese entonces se los denominó
pioneros. Hoy podríamos hablar de entusiastas. En 1920, los locos de la azotea
abrieron un camino impensado que, en pocos años, se multiplicó por todo el
mundo. En el 2004, sólo la locura por la escucha de la onda corta parece ser el
mejor argumento en contra de todas las predicciones más oscuras del fin de las
ondas cortas. Al fin de cuentas, la pasión y el gusto por la radio parecen
gozar de muy buena salud.
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